sábado, 8 de enero de 2011

Fotos de mi juventud






                                 Gigliola Cinquetti - Que tiempo tan feliz (Letra)

   
                                   
Leonor Fernández Riva
En un paseo al río Cali con uno de los caballos que alquilaban para pasear.

 La edad de las ilusiones

Cuando tenia apenas catorce años, papá y mamá tomaron la costumbre de ir con nosotros al río todos los domingos. A papá le convenía tomar sol y pasar momentos al aire libre, pues esto servía como antídoto para el terrible problema del saturnismo, una intoxicación grave que sufrían casi todos los linotipistas que trabajaban en medio de lingotes y barras de plomo (algo que hoy se consideraría de alta peligrosidad por ser considerado el plomo como un agente cancerígeno). Así que, para nuestro contento, cada domingo salíamos todos de paseo. No sé cómo haría mamá para trasladar toda esa familia pero el caso es que nos íbamos en bus con ollas, mercado, pantalones de baño, toallas, hamaca, balones e ilusiones.
Los primeros paseos los realizábamos al río Aguacatal, cuya agua era tibia y muy rica, pero poco a poco el lugar empezó a llenarse de vagos y entonces papá prefirió que cambiáramos nuestros paseos al sector del Bosque Municipal, un parque situado más al oeste,  bordeado por el río Cali, que aguas arriba se denominaba Santa Rita.


                                      
Mi padre, José Fernández Morgado enseñando a nadar a mi hermano menor Carlos


Santa Rita era un sitio mucho más amplio y con unos charcos sabrosísimos; cuando llegábamos al charco escogido, papá primero seleccionaba un árbol para poner el columpio (un columpio muy elemental compuesto por una soga y una tabla para sentarse) y luego otros dos para colocar la hamaca. Recogíamos leña de los alrededores y en un rústico fogón, con piedras del mismo río, hacíamos una fogata. Usualmente mamá cocinaba papas enteras con sal, arroz con pato o espaguetis y el infaltable ceviche de corvina. Corríamos jugando a la lleva, volábamos en el columpio, saltábamos por las piedras y nos bañábamos felices en los grandes charcos del río, incontaminados todavía por aquellos días. Luego, con un hambre feroz, devorábamos las deliciosas viandas que mamá nos había preparado y que de seguro habrán sido  la envidia de quienes se encontraban cerca nuestro.




Leonor Fernández Riva
Con mi padre en uno de los paseos al río Cali

En esa época los lugares de recreo como Santa Rita, no se congestionaban tanto de gente, como sucede ahora en Pance y otros lugares semejantes, por eso, a pesar de ser éste un sitio de libre ingreso, cada familia podía gozar de cierta privacidad y un espacio propicio, tranquilo y seguro para disfrutar con los suyos. Cada domingo realizábamos este paseo,  pero llegó un momento en que  todo este trajín acabó siendo demasiado para mamá. Un buen día habló con papá y él, a regañadientes, accedió a que ella no nos acompañara más y se quedara en la casa preparándonos el almuerzo que disfrutaríamos al regreso del paseo. Esta fue una muy buena solución pues a mamá no le atraía mucho el campo y, como es fácil comprender, tenía razones para ello. Así que continuamos yéndonos al río pero sin ella. Muy temprano en la mañana tomábamos un bus de la flota Rojo y Crema que hacía el trayecto hasta el Bosque Municipal; caminábamos a veces largos trechos hasta los charcos del Cabuyal situados río arriba y más o menos a las dos de la tarde, regresábamos a casa. Mamá nos esperaba con un festín: ceviche, chupe de pescado, espaguetis, pastel y helado.  En aquellos felices días ninguno de nosotros se preocupaba todavía ni por el colesterol ni por los triglicéridos y mucho menos por la dieta o por conservar la línea; sin pensarlo dos veces, dábamos buena cuenta de todo.



Leonor Fernández Riva
Caminando hacia el centro de la ciudad por el Puente Ortiz

La estadía en el barrio El Peñón marcaría cambios fundamentales en la vida de los Fernández Riva. Hacía ya dos años Claudio se había marchado con los jesuitas con el propósito de tomar la carrera del sacerdocio; no habíamos vuelto a saber nada de él. Papá continuaba su lucha incansable por mantenernos y formar su empresa gráfica; mamá, ocupándose de su extensa familia y haciendo prodigios con el exiguo presupuesto y las necesidades siempre in crescendo, y nosotros, todavía con nuestros juegos infantiles, pero poco a poco convirtiéndonos en adolescentes.

Puede decirse que mi juventud y la de mis hermanos se caracterizó por una pasión desbordante por la lectura; por la deliciosa comida que preparaba nuestra madre; por la ayuda que debíamos prestar a papá en la imprenta; por  los gratísimos  paseos que hacíamos con él al Bosque Municipal y posteriormente a los sabrosísimos charcos del Cabuyal;  y por una vida muy sencilla, completamente carente de lujos y aun de las cosas más necesarias. Los Fernández Riva tuvimos en verdad, una adolescencia muy austera. Aunque tengo que reconocer que en aquellos días la pobreza era mucho más llevadera que ahora. Todavía, ¡a Dios gracias!  no se habían inventado las “marcas”. Uno solo ansiaba estrenar un blue jean nuevo, no importaba la marca, para poder dejar a un lado “el bluejean”, porque sólo teníamos uno raído y desteñido, características que lamentablemente todavía no se habían puesto de moda por aquellos días. Igual cosa ocurría con los zapatos de caucho; solo ansiábamos  tener unos nuevos, que no estuvieran curtidos y molidos. ¡Y qué felicidad cuando estrenábamos  nuestros flamantes Croydon! En el colegio pasaba lo mismo, nuestros uniformes estaban brillantes de tanto lavarse y plancharse, las medias con unas tremendas “galletas” que ya habían sido remendadas una y otra vez con gran tenacidad por  nuestra madre, eran una obra artística y de suma paciencia que no teníamos todavía el suficiente criterio para valorar en su real dimensión

 


Caminando por la Av. Colombia con mi hermana María Eugenia y su amiga Chila.
Pero a lo que sí fue verdaderamente difícil acostumbrarse,  al menos a mí me pasaba, era a sortear las dificultades que nos producía en el colegio nuestra difícil situación económica. ¡Qué “jartera”, por ejemplo, no poder adquirir todos los útiles que nos pedían a principio de año! ¡Qué envidia de aquellas compañeras que a la semana de haber ingresado llevaban ya todos los libros y cuadernos perfectamente forrados y marcados, los colores, la escuadra, el compás, la tinta, el empate, el estilógrafo…!  Una, en cambio, iba adquiriendo los cuadernos gota a gota, y los libros casi siempre de segunda; en algunos casos nunca llegábamos a comprarlos debido a su elevado costo, y para hacer las tareas o aprender las lecciones debíamos pedirlos prestarlos a nuestras compañeras o copiarlos, pero copiarlos a mano, porque en esa época todavía ni se escuchaba hablar de  las indispensables fotocopiadoras modernas. Aunque ahora parezca mentira, esto me ocurrió con algunos libros durante toda la secundaria.

Pero todas estas cosas no pasaban de ser nubecillas pasajeras en una adolescencia muy despreocupada que encontraba gran distracción en la lectura y mucho placer todavía en los juegos. Éramos, a pesar de todas estas circunstancias, unos chicos felices. Como ya he referido antes, El Peñón era por esa época un barrio muy tranquilo y el tránsito de vehículos todavía muy escaso; en las noches salíamos a jugar en la calle con algunos vecinos de nuestra edad y nos divertíamos como locos montando en bicicleta, saltando la soga y jugando rayuela. También los muchachos practicaban fútbol en plena calle y los menores jugaban a las escondidas o a policías y ladrones por toda la cuadra.

Representación en el Colegio de la Sagrada Familia  con otras compañeras. Gladys Ramirez (q.e.p.d) Martha Cecilia Manrique, Hilda Beatriz Escobar y yo, disfrazada de hombre (como se puede apreciar mi estampa en el sexo opuesto no habría sido muy destacable, indudablemente lo hago mejor como mujer ¿no lo creen?)






La representación completa. Yo estoy como asustada . No es para menos con ese feroz gato al lado y con ¡Hilda Beatriz de esposa!





El día de mi grado de bachiller en la Sagrada Familia



La Madre Sor Cenyan, superiora de la Sagrada Familia me coloca mi anillo de grado.  Sor Cenyan  murió hace años y el anillo como dicen en Quito "¿on tanbién andará?


Está página continuará.

1 comentario:

Paola dijo...
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